Per representar l’obra
del genial Jorge Luis Borges (1899-1986), primer havia pensat en El informe
de Brodie (1970), per contes com “La intrusa”, brutal comentari a l’amor fraternal,
o “El evangelio según Marcos”, el malson de qualsevol predicador. També havia
considerat, és clar, El Aleph (1949), perquè el conte del mateix títol
és realment insuperable. Fins i tot havia
pensat en El libro de arena (1975), per “Ulrica”, inesperat conte d’amor,
o “El soborno”. Però finalment m’he decantat per El hacedor (1960), més
que res, crec, perquè és el llibre amb els textos, en prosa o en vers, més breus,
i així en puc posar quatre de sencers. Un valor afegit del llibre és el fet de
ser el més personal de Borges, segons afirma ell mateix a l’epíleg.
Del rigor en la ciencia
…En aquel Imperio, el Arte de
la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba
toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos
Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un
Mapa del Imperio, que tenia el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con
él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes
entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a
las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste
perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos;
en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
Suárez
Miranda, Viajes de varones prudentes,
libro cuarto; cap. XLV, Lérida, 1658.
Dreamtigers
En la infancia yo ejercí con
fervor la admiración del tigre: no el tigre overo de los camalotes del Paraná y
de la confusión amazónica, sino el tigre rayado, asiático, real, que sólo
pueden afrontar los hombres de guerra, sobre un castillo encima de un elefante.
Yo solía demorarme sin fin ante una de las jaulas en el Zoológico; yo apreciaba
las vastas enciclopedias y los libros de historia natural, por el esplendor de
sus tigres. (Todavía me acuerdo de esas figuras: yo no puedo recordar sin error
la frente o la sonrisa de una mujer.) Pasó la infancia, caducaron los tigres y
su pasión, pero todavía están en mis sueños. En esa napa sumergida o caótica siguen
prevaleciendo y así: Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto sé que
es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura diversión de mi
voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre.
¡Oh, incompetencia! Nunca mis
sueños saben engendrar la apetecida fiera. Aparece el tigre, eso sí, pero
disecado, o endeble, o con impuras variaciones de forma, o de un tamaño
inadmisible, o harto fugaz, o tirando a perro o a pájaro.
Cuarteta
Bruscamente la tarde se ha
aclarado
Porque ya cae la lluvia
minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una
cosa
Que sin duda sucede en el
pasado.
Quien la oye caer ha
recobrado
El tiempo en que la suerte
venturosa
Le reveló una flor llamada
rosa
Y el curioso color del
colorado.
Esta lluvia que ciega los
cristales
Alegrará en perdidos
arrabales
Las negras uvas de una parra
en cierto
Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz
deseada,
De mi padre que vuelve y que
no ha muerto.
Le regret d’Heraclite
Yo, que tantos hombres he
sido, no he sido nunca Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.
Gaspar Camerarius, en Deliciae Poetarum Borussiae, VII, 16
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